Cada mañana es una posibilidad muy rica de encuentros. Hoy como ayer estamos invitados a encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con Dios.
En nuestra vida tenemos hambre de un encuentro verdadero con alguien que nos conozca, nos comprenda, nos ame y acepte de manera incondicional. ¿Creo que Dios puede ser ese “Alguien”?
Jesús nos ha revelado que Dios no es ningún extraño sino un Padre amoroso que le agrada hablarnos "...cara a cara como habla un hombre con su amigo" (Ex 33, 7-11).
Dios se hace el encontradizo a través de diversas circunstancias y cuando estamos atentos a esta presencia nos acontecen experiencias de gozo, paz y en ocasiones van acompañadas de verdaderos cambios de corazón.
A este respecto puede ilustrarnos la historia de Eddie Doherty, un periodista norteamericano, que ganaba miles de dólares al mes. Era rico y no creía en Dios. Un día se puso a leer el libro "Historia de un alma" de Santa Teresita del Niño Jesús y nos dice: "Esa noche, acostado en cama, tomé el libro con la sola intención de echarle un vistazo. Pero, una vez que comencé a leer esas páginas tan encantadoras, no pude dejarlo. A las tres de la mañana lo terminé. Pero seguí apretándolo sobre mi pecho, pasando mis dedos bañados en lágrimas por su cubierta. Ningún libro me había impresionado tanto jamás". Eddie se convirtió y se hizo sacerdote católico.
El hecho anterior nos muestra cómo Dios nos busca de diferentes maneras. Dejemos que el siervo de Dios, José Ma. Cázares sea en este momento un medio por el cual Dios se encuentre con nosotros y nosotros con Él.
Detente un minuto para respirar a Dios, para orar.
Repite varias veces, de manera tranquila y pausada, esta petición que el siervo de Dios José Ma. Cázares le dirigía a Dios: “Señor, haz que te ame más y más, y dame más amor para quererte”. Deja que estas palabras vayan cayendo en tu interior como gotas de agua en una tierra sedienta y escucha de parte de Dios: "Nadie te ama más que Yo, porque he dado mi vida por ti, que eres mi amigo"(Cfr. Jn 15, 13).
Descansa en la presencia amorosa de Dios.
Termina este espacio de encuentro en una actitud de gratitud:
"Gracias, Señor, por tu amor,
Confío en Ti, estoy en tus manos,
acepto el gran privilegio de ser tu amigo,
realiza en mí tu obra
y con tu amistad transfórmame
para el bien de la Iglesia y del mundo. Amén."